
Demasiadas horas pensando en sus labios, en su sonrisa. Demasiados minutos recordando sus frases, sus bromas. Demasiados segundos con el corazón acelerado, ilusionado. Por fin le tiene delante. Siempre olvida cuánto le gusta. Pero ahora que le puede observar con claridad, sin caer en malos juegos de su imaginación, de sus recuerdos, puede afirmar que él es lo que quiere en su vida. Para siempre. Sus ojos muestran inocencia, susceptibilidad. Es como un niño pequeño, pero es su niño pequeño. Nadie más en el mundo tiene tanto derecho como ella para tocarle, acariciarle, besarle. Y no sabe cómo sentirse al respecto. Pero así es como se siente: afortunada.

